La realidad médica que enfrentaba Mbappé antes de la final era dura. El esguince de rodilla que tenía era lo suficientemente serio como para que el personal médico del club hubiera programado su regreso para finales de enero. Sin embargo, la desesperación de la situación llevó a un cambio de planes. Se entiende que Alonso, consciente de la precariedad de su posición, presionó fuertemente para utilizar a su mejor jugador, aunque solo fuera para un papel de cameo hacia el final del partido.
Mbappé, cediendo a las súplicas de un cuerpo técnico al que tenía en alta estima, aceptó jugar. Contrariamente a los rumores que circulaban antes del partido, el internacional francés no recibió inyecciones para el dolor para superar el juego. En cambio, jugó a través de la incomodidad de manera natural, ignorando múltiples advertencias de los profesionales médicos sobre la amenaza de una recaída.
El riesgo era significativo; agravar un esguince de rodilla podría haber llevado a consecuencias mucho más dolorosas y una larga temporada al margen durante la crucial fase de eliminación de la Liga de Campeones. Que Mbappé estuviera dispuesto a ignorar estas advertencias destaca la gravedad de la crisis en el Real Madrid y la lealtad que la plantilla - o al menos su mayor estrella - sentía hacia el técnico vasco.
A pesar del sacrificio del ex estrella del Paris Saint-Germain, enfrentó fuertes críticas tras la derrota en la Supercopa. Desalentó a sus compañeros de equipo de dar un pasillo de honor a sus rivales victoriosos, a pesar de las afirmaciones de que Alonso les había instruido a seguir con las cortesías tradicionales.