Para entonces ya había perdido el control de su adicción. Años antes de su triste «récord», su consumo se había disparado.
Su gran salto, el traspaso al Botafogo, marcó el inicio de los excesos con fiestas, alcohol y cigarrillos: «Quería llegar a lo más alto, ganar mucho dinero y divertirme. Cuando llegué a São Paulo y luego me convertí en internacional, creí haberlo conseguido todo».
Siempre ocultó su adicción, incluso a Fabio Capello, pues en los entrenamientos y partidos rendía bien.
«Siempre estaba en casa. Me acostaba a las cuatro de la madrugada y aparecía en el entrenamiento a las ocho, todavía borracho», recordó Cicinho. «Antes de salir me tomaba tres o cuatro tazas de café y fumaba un paquete de cigarrillos para disimular el olor a alcohol. Y en el campo incluso jugaba bien».